Vida y muerte de Romain Ajar
Guadalupe Nettel

 

 

 

 

 

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"EL ESCRITOR Y LA MÁSCARA"

En el instante en que un escritor inicia su labor, suele adquirir una máscara. Al principio ésta es cambiante, movediza y modifica sucesivamente sus rasgos según las insospechadas evoluciones de su estilo. Amenudo, tras la publicación de su primer libro, la crítica y los lectores imprimen en ella otras facciones y la recubren con una primera capa de barniz. Conforme el escritor va adquiriendo notoriedad y renombre, esa máscara, se torna inmutable, y se convierte entonces en el signo definitivo que permite reconocerlo ante todos los espejos. Difícil imaginar que autores como Günther Grass o Gabriel García Márquez pretendan a estas alturas modificar el rostro que han esculpido página a página en sus obras. Sin emabargo, algunos ejemplos dentro de la literatura, demuestran cómo, tras alcanzar la meta perseguida durante años, los escritores reconocidos sufren una crisis paradójica: envueltos por el halo mullido del reconocimiento, se vuelven presa de la angustia que provoca la certeza, la fatalidad de saberse reconocible, de ser siempre el mismo.

Todas las épocas de la historia cuentan con algún genio que haya detenido súbitamente su producción justo después de haber escrito sus mejores libros. Seguramente, muchos de los comportamientos, en apariencia inexplicables, de esos seres enigmáticos que Vila-Matas llama los Bartleby de la literatura quienes de un momento a otro cambian de profesión, de país o se quitan la vida, se deben en parte a esta circunstancia. Por fortuna o desgracia (todo depende de la óptica con la que abordemos el asunto), a lo largo de los siglos las vías de escape se multiplican. En el siglo XX abundan los casos de personalidades múltiples entre los cuales los más extraordinarios son sin duda el de Fernando Pessoa o el de Romain Gary. Este último en particular, encontró una manera inteligente de dorar la píldora a los lectores ávidos de rupturas novedosas, así como a la nata snob parisina que en muchas ocasiones sólo reconoce el talento a través de los premios institucionalizados. En pocas palabras, Gary supo darle la vuelta a la celebridad, sin renunciar a sus beneficios.

"NO TENGO UNA GOTA DE SANGRE FRANCESA
PERO FRANCIA CIRCULA EN MIS VENAS"

Nacido en Vilna, Lituania, el 8 de mayo de 1914, Romain Gary adoptó desde muy joven la nacionalidad de Víctor Hugo. Estudió la carrera de derecho en París y más tarde ingresó al servicio diplomático. Su enorme prestigio en la Francia de las posguerra no se debe únicamente a la literatura, y aun si obtuvo el Prix des critiques en 1945 con su primera novela Education Europeéne, traducida a veintisiete lenguas, o el Goncourt con Les Racines du ciel, siempre resultó difícil separar la fama del escritor con la del hombre político, amigo cercano de Charles De Gaulle, que también fue Gary. Durante la guerra el novelista combatió en la resistencia, participó en las campañas de África, de Abisinia y de Libia. Obtuvo los grados de Compagnon de la libertè y Commandeur de la Légion d'honneur. Testimonio crítico de su época, las novelas de Gary están escritas desde un tono predicatorio, casi moralista, de no ser por la ironía que maneja con una habilidad natural. En Les Racines du ciel, por ejemplo, novela de una extensión bastante rusa, se interroga con solemnidad sobre el triunfo de la barbarie y la injusta preeminencia de la tecnología en la vida cotidiana. Al hablar sobre la masacre de elefantes en Chad, Gary hace una sutil analogía de los crímenes masivos de la Alemania nazi e introduce su punto de vista sobre la guerra. Pero los libros de este escritor no son panfletos humanistas de quinientas páginas. A veces como fachada, a veces detrás de esos discursos indignados, hay una gran capacidad de reírse ante la tragedia, sin subestimar la gravedad, y de señalar los rasgos grotescos de la maldad humana.

Pocas trayectorias tan llenas de gloria se han visto en la Francia literaria del siglo XX. Romain Gary llegó a ser en los años sesenta una autoridad moral y literaria de su país adoptivo. Durante una década se dedicó a gozar de la celebridad y a darse gustos de novelista que ya no debe probar nada, como escribir teatro o filmar dos largometrajes: Les oiseaux vont mourir au Pérou y Kill. En esta misma época estuvo casado con la actriz Jean Seberg. Pero ni su papel heroico en la guerra ni su carrera como escritor le produjeron el cansancio suficiente para procurarse una existencia más pausada. Quizá por hartazgo de su personaje y para liberarse de su propia sombra, quizá por ganas de probar la calidad de su trabajo sin el respaldo de su nombre, Gary empezó a frecuentar el seudónimo, no sólo con el objetivo de cubrirse, sino de edificar un nuevo escritor, libre del anquilosamiento del novelista veterano.

Si bien es cierto que Gary era un nombre falso y que ya antes había firmado con un seudónimo dos de sus novelas (L'homme à la colombe, de Fosco Sinibaldi, y Les Têtes de Stéphanie, de Shatan Bogat), Emile Ajar fue el más representativo y el único que mantuvo su propia identidad en el mundo literario francés.

Ajar publicó su primera novela, Gros-Câlin, en 1974 a través del crítico francés Michel Cournot quien, entusiasmado con un enigmático manuscrito que le habían hecho llegar de Brasil, logra que se publique en Le Mercure de France. Los críticos adivinan en la factura de Gros-Câlin la intervención de una mano conocida. Se sospecha de Queneau, Aragon y del propio Cournot. El nombre de Gary permanece en la sombra. Sin embargo, a pesar del tono irreverente y desenfadado -poco habitual en sus novelas anteriores- y de que no hay un discurso político implícito, la historia de ese pitón, en cautiverio voluntario y con una sola voluntad en la vida: abrazar y dar afecto, se parece a la historia de los elefantes.

Un año después, se otorga el premio Goncourt, quizá el más célebre de Francia, a un escritor del que nadie sabía nada. La novela ganadora fue La vie devant soi, firmada por Ajar, una de las obras mayores de la literatura francesa durante la segunda mitad de nuestro siglo. En ella, Ajar retrata la humillada cotidianidad de la gente pobre, en particular los hijos de las prostitutas, en los barrios marginales de Francia. Bajo la amargura y la queja sarcástica, hay un sustrato de ternura y humor. En esta novela, Ajar ridiculiza los lugares comunes con los que la gente suele referirse a las prostitutas y desafía a los adversarios "flaubertistas" de Gary, inventando un lenguaje hecho de acercamientos fonéticos en el monólogo falsamente infantil del narrador.

La especulación francesa no tiene límites: además de atribuirle la novela a sus mejores novelistas, los críticos hablan de un trabajo colectivo. El cabo suelto quedó aparentemente explicado cuando la revista Point descubrió la existencia de Paul Pavlowitch, sobrino real de Gary, al que le atribuye la autoría de los dos libros. El parentesco explicaba además la influencia del gran escritor en el estilo del supuesto debutante. El diccionario de literatura francesa contemporánea, publicado por Jean Pierre Delarge en 1977, llegó a mostrar una foto apócrifa donde Ajar aparece como un joven de aspecto mestizo y expresión trastornada. Pero esta respuesta que convencía a todo el mundo no hizo sino aumentar la mistificación de Ajar. De todas las especulaciones nace un tercer libro, Pseudo (1976), sin duda la novela más experimental que haya escrito el autor y que supera en osadía a muchas de las obras experimentales de nuestra década. Ésta reúne las confesiones de Emile Ajar, escritas con un tono pretendidamente franco y testimonial y que no es sino una burla hacia todo lo que tiene enfrente -en particular él mismo y su creación literaria. Emile, Pavlowitch, Fernand, el nombre no importa, el narrador en primera persona toma todos los apelativos, todas las identidades y nos habla, con la franqueza del delirio, de sus cambios de personalidad y los problemas que éstos le acarrean con los psiquiatras. Su vida se compone de dos hemisferios constantemente alternados que son la vida dentro y fuera de los manicomios. En el encierro, Pavlowitch descubre la práctica de la escritura como un recurso terapéutico, "primero me habían aconsejado la pintura pero no funcionó", confiesa asegurando que si sus libros han salido al mundo literario ha sido únicamente por la insistencia de su tío el Macoute, también escritor, envidioso del talento precoz de su protegido. "Rechacé el premio Goncourt por pánico. Perforaron todos mis sistemas de defensa, los penetraron. Estaba desquiciado por la publicidad que me sacaba de todos mis escondites..."

El sobrenombre le da la libertad y un impulso nuevo a la obra de Gary, lo lleva a cambiar lo solemne por una parte cínica de lo cotidiano. Emile Ajar tiene un tono de revuelta que no hay en las primeras obras del escritor, pero con todo su oficio, su lucidez. En sus cuatro novelas (la última fue La angustia del rey Salomón) Ajar aborda con pasión temas como el aborto, la prostitución, la eutanasia, evitando admirablemente los lugares comunes. En ellas, la atmósfera constante es de un "dolor del mundo", ilustrado por la imposibilidad de hacerse cargo de sí mismo, en el caso de Pavlowitch, o la decepción y el pavor que siente un niño musulmán de la banlieue cuando contempla la vida que tiene frente a sí. Pero estos personajes nos muestran que es posible enternecerse ante lo grotesco y nos enseñan el camino hacia una piedad humorística. De esta forma, Madame Rosa, la encargada de la guardería clandestina donde vive Momo, puede conmovernos en sus ataques de nostalgia por sus buenos tiempos de prostitución en el Bois de Boulogne, pavoneando en neglige rojo sus ochenta kilos y su sonrisa de beatitud senil por el pasillo del departamento. En boca de una celebridad como Romain Gary, el discurso de ese seudónimo, sus burlas constantes al mundo intelectual y artístico de París, habrían sonado tan estridentes que pocas personas hubieran podido escucharlas, al menos sin una multitud de prejuicios. La resbalosa identidad de Ajar, en cambio, le permitió expresarse con soltura y reírse de las críticas que venían de todas partes: marxistas, existencialistas, así como de los representantes del nouveau roman. A la literatura "comprometida" y a la tutela que ésta pretende establecer, Gary opuso una contestación capaz de molestar a todos, una "novela picaresca moderna" donde el "héroe-personaje" doble del "personaje-autor" toma de manera imaginaria nuevas y múltiples identidades. Madame Rosa es una prostituta judía entrañable y sólo a críticos oligofrénicos se les podía ocurrir al leer esa novela que su autor era antisemita. Hubo muchos lectores que no comprendieron a Ajar, hubo otros que lo menospreciaron por su falta de respeto hacia el francés escrito (a menudo manierista). Sin embargo, además de detractores, este seudónimo creó una verdadera cofradía, un círculo de cómplices incondicionales de sus novelas para los cuales el único compromiso del escritor era el de mantener su autonomía. Descubrir que detrás de esa firma descabellada se encontraba el celebérrimo Gary fue una doble sorpresa.

Uno puede preguntarse eternamente las razones por las que, al final de su vida, Gary decidió ser otro. Quizá porque también le gustaba ser quien era y no quería modificar esa máscara; quizá porque no deseaba que esas cuatro novelas se ahogaran bajo el peso de su primera personalidad, Romain Gary se quitó la vida el 2 de diciembre de 1980. Se descubre entonces el manuscrito "Vida y muerte de Romain Ajar", donde confesaba le treta. A quienes habían seguido de cerca la agonía de Madame Rosa, ese acto les resultó lógico y congruente con la obra del escritor. El suicidio de Gary fue su última acción valerosa. Asumir la muerte y decidirla era también asumir su identidad. Pocas frases ilustran mejor su teoría que los dos párrafos brevísimos con los que inicia Pseudo:

No hay comienzo. Me engendraron, a todos nos toca,
y desde entonces es la pertenencia.
Intenté todo para sustraerme. Nadie lo consiguió.
Todos somos unos agregados.

En ese mundo sin inicio, los seguidores de Ajar podrán argumentar, y con razón, que cualquiera de los dos actores es el seudónimo o la verdadera personalidad del otro y que la figura -política o literaria- de Gary era un delirio del Ajar que desde siempre vivió enroscado en él como un pitón afectuoso.